Común denominador, la hipocresía

Común denominador, la hipocresía

Por DiEGo BoNAdEo

Promediando la década del ’30, y coincidiendo con la visita a nuestro país de un seleccionado de rugby sudafricano, se produjo lo que para algunos desprevenidos fue el principio de sinceramiento y blanqueo de lo que casi ingenuamente se denominaba “amateurismo marrón”, algo parecido a lo que en los países satélites de la entonces Unión Soviética, y por cierto también en la propia URSS, se dio en llamar “amateurs de Estado” (deportistas con sueldos de los gobiernos) y en Estados Unidos “scholarships” (becas universitarias que neutralizaban la condición de incipientes “marrones” para que unos y otros pudiesen, por ejemplo, participar de Juegos Olímpicos).

Sucedió que dos de los integrantes de aquella delegación de Springboks (Elliott y Wolheim) no volvieron a su país con sus compatriotas y compañeros. “Contratados” por el club Hindú, permanecieron en la Argentina. No recibían un salario por jugar, sino que la dirigencia del club les consiguió un trabajo. Está claro. Ni sinceramiento ni blanqueo: hipocresía. Durante décadas, esta cuestión del semi-profesionalismo o profesionalismo tuvo a los subterfugios como comunes denominadores.

Con el paso de los años, los sinsentidos y las trapisondas fueron moneda corriente en el rugby argentino, independientemente de la evolución del juego. Cada vez más mejoraban los jugadores, a pesar de los dirigentes.
El club Comunicaciones -en aquella época Correos - tuvo que dejar la actividad rugbística porque tenía equipo de fútbol “semi-profesional”, pero a nadie le importó que decenas de clubes tuviesen profesionales de tenis o de golf.

Una de las mayores inmoralidades, por cierto prolijamente obviada por la “historia oficial”, se dio en 1959, con la visita de los Junior Springboks sudafricanos. El entonces vicepresidente de la Unión Argentina de Rugby (UAR), un carcamán súbdito de su muy poco graciosa majestad británica cuyas iniciales eran Owen Marsden Tudor, tenía -o era bróker- de una agencia de viajes que, curiosamente, fue la que gestionó el viaje de los visitantes. Por supuesto, Tudor no donó su tajada para la difusión del juego ni para mejorar los vestuarios de los clubes más modestos.
Y si de vestuarios se trata, uno de nuestros más grandes rugbiers, Héctor Pochola Silva, jugador de Los Tilos y capitán de Los Pumas, fue sancionado por participar de un aviso publicitario, pese a que donó sus honorarios para que en su club los jugadores tuviesen agua caliente.

Miserias y paparruchadas
Alguna vez, un jovencito que actuaba en la entonces Quinta División le comentó a quien esto escribe que en su colegio -cuando no, el Cardenal Newman- no le permitían jugar en el club del que era socio (Universitario), bajo amenaza de una sanción ejemplar. Pero lo más absurdo, si de Cardenal Newman se trata, se dio con la aparición de la televisión por cable en nuestro país. Quienes regenteaban el club colegial decidieron permitir la grabación de secuencias de partidos a quienes lo hacían para canales de cable, pero prohibir el ingreso de cámaras para la televisión abierta. Quizá las autoridades de Newman suponían que los canales de cable eran asociaciones sin fines de lucro.

Mientras tanto, la UAR organizaba giras para que visitasen nuestro país seleccionados neocelandeses, sudafricanos, australianos, británicos y franceses integrados por jugadores profesionales y les negaba la posibilidad de jugar en Los Pumas a rugbiers argentinos que jugaban en Europa.

En 1977, en otra demostración de flagrante hipocresía, la UAR decidió “no invitar” a jugar en la Selección nacional a una docena de rugbiers que cometieron la tropelía de pretender elegir al capitán de Los Pumas, pero no tuvieron las cosas que hay que tener para suspenderlos, lo que hubiera sido una soberana injusticia. Alguna vez, un dirigente del club Regatas Bella Vista sugirió suspender a los jugadores que no se presentaran a los entrenamientos, como si esto fuese una obligación. Sin embargo, la evolución de los jugadores y del juego era constante. Una vez más, pese a los dirigentes. 

Por estos días, otra vez los jugadores dieron el ejemplo, al rebelarse contra la ignorancia de los dirigentes de la Unión de Rugby de Buenos Aires (URBA), que vaya uno a saber si alguna vez jugaron al rugby en serio,  por su necedad al suponer que preservan el tantas veces declamado “espíritu del rugby” al negar una beca de $2.600 –que, además, no paga la URBA- para que  unos pocos puedan tener un desahogo financiero y evolucionar en su rendimiento para, en el futuro, competir menos desigualmente con las grandes potencias.

Publicado en la edición N°36 de la revista Un Caño - http://www.revistauncanio.com.ar/